La brecha de treinta millones de palabras: evidencias e implicaciones educativas (Golinkoff et al., 2019)
Golinkoff et al. (2019) analizaron críticamente la afirmación de que no existe una brecha significativa en la exposición lingüística entre niños de distintos niveles socioeconómicos. Las autoras indican la vigencia de la llamada “brecha de los 30 millones de palabras”, propuesta originalmente por Hart y Risley (1995).
Un apunte previo
El trabajo de Golinkoff et al. (2019) es conceptualmente sólido, está bien argumentado y se encuentra respaldado por evidencia empírica, pero no es un estudio empírico original, sino un artículo en el que los autores se posicionan en base a la evidencia disponible. Está publicado en Child Development, una revista de altísimo impacto en psicología del desarrollo, pero no aporta por sí mismo datos o evidencia relevante. No obstante, merece la pena comentarlo.
El estudio de Hart y Risley (1995)
En este conocidísimo trabajo los investigadores reclutaron a un total de 42 familias, contando cada una de ellas con un bebé de 7 meses de edad. A partir de ahí, los investigadores registraron mensualmente segmentos de una hora del lenguaje dirigido al niño hasta que este llegaba a cumplir los 3 años. Los hallazgos de Hart y Risley respecto al número de palabras que escuchaban los niños en distintas familias dejaron impactados a muchos investigadores:
- Los hijos de padres profesionales escuchaban (es decir, se les dirigían) un promedio de 2153 palabras por hora,
- Los hijos de padres de clase trabajadora se situaban entre ambos grupos, con una media de 1251 palabras por hora.
- Los hijos de padres que recibían prestaciones sociales escuchaban menos de un tercio de ese input: un promedio de 616 palabras por hora.
Hart y Risley estimaron que, para cuando estos niños alcanzaran los 4 años de edad, la diferencia entre los niños nivel sociocultural más bajo respecto al más alto se traduciría en una ventaja de 30 millones de palabras. Es posible ver un resumen de esto en la siguiente imagen.
El argumento central de Golinkoff et al. (2019)
Pese a que el estudio de Hart y Risley (1995) puede tener algunas limitaciones evidentes (escasa muestra, escasa diferenciación entre cantidad y calidad del lenguaje, tiempo de grabación proporcionalmente minúsculo, metodología algo arcaica, etc.), Golinkoff et al., (2019) sostienen que existe evidencia sólida de que los niños de hogares con menos recursos, en promedio, están expuestos a menos lenguaje dirigido directamente a ellos y desarrollan habilidades lingüísticas más bajas que sus pares de nivel socioeconómico medio y alto. Aunque reconocen que hay una gran variabilidad dentro de cada grupo social, enfatizan que esta variabilidad no contradice la existencia de diferencias sistemáticas entre grupos. Estudios recientes muestran que el nivel educativo de los cuidadores se relaciona estrechamente con el vocabulario, la sintaxis y la capacidad de aprendizaje lingüístico de los niños.
Las autoras advierten que minimizar o negar la brecha lingüística puede desincentivar políticas e intervenciones destinadas a enriquecer el entorno comunicativo de los niños más vulnerables. Dado que el lenguaje es un pilar fundamental del rendimiento escolar y del desarrollo cognitivo y social, el artículo concluye que promover conversaciones ricas, contingentes y significativas con los niños es esencial para reducir desigualdades educativas desde los primeros años de vida
El papel de la escuela
Este tipo de evidencias ofrecen una justificación clara para introducir programas lingüísticos tempranos que aborden habilidades como el desarrollo del vocabulario, las habilidades narrativas o la conciencia fonológica. Hay, además, evidencia reciente de que este tipo de programas puede tener transferencia a la mejora de la comprensión lectora y la decodificación años después (Hulme et al., 2025).
Es posible leer más sobre estas evidencias en otra entrada del blog:
Referencias
Golinkoff, R. M., Hoff, E., Rowe, M. L., Tamis-LeMonda, C. S. y Hirsh-Pasek, K. (2019). Language matters: Denying the existence of the 30-million-word gap has serious consequences. Child Development, 89(3), 1–8.

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